Mostrando entradas con la etiqueta personalisimo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personalisimo. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de mayo de 2009

Mi padre

Sucedió hace poco. Me agarró distraída y así no más llegó el dolor, la tristeza, los pensamientos lejanos, el miedo, las añoranzas, las lágrimas… Hace casi un par de semanas mi padre estuvo en riesgo de tener una embolia. Un coraje lo mandó a la lona y le está costando un poquito reponerse. Hace casi un año sucedió lo mismo con mi madre. Y ahora, como hace un año, me hago la misma pregunta: ¿es aquí donde debo estar?

Y es que para aquellos que no conocen a mi familia he de decirles que me tocó la mejor. Para empezar somos un chorro, de ahí que siempre me guste andar en banda. Pero además somos bien solidarios unos con otros. Si uno se equivoca quizás lo juzgamos, pero nunca le damos la espalda, al contrario buscamos cómo ayudarlo. Y siempre tratamos de avanzar juntos. Porque eso es algo que mi padre siempre me ha dicho, nunca te separes.

De ahí que me pegue tanto esa canción de Rubén Blades, Amor y Control. Cada vez que la escucho no puedo evitar llorar. Así, se me ruedan las lagrimas no’mas. Y pues a la distancia ya se imaginaran. Sin embargo, también esta distancia ha matizado mis impulsos y mis dramas y aunque es difícil estar lejos también sé que esta lejanía no es para siempre.

Ayer vi a mi padre por la cámara web. Llevaba un bastón en una mano y mi hermana lo sostenía del otro lado. Su hablar era pausado y su caminar muy muy lento. Siento mucho no estar cerca de ti Don Laure, pero créeme que mi pensamiento esta mas allá, contigo, que aquí. No te me canses a mitad del camino. Recuerda que siempre debemos estar juntos. Ni uno menos.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Una vida a cuatro manos

Es verdad que nadie escoge la familia, ni la raza, ni el lugar donde ha de nacer. Muchas de las cosas que tenemos nos son dadas de facto. A pesar de eso, a veces la vida nos da algunos chances de escoger o ser escogidos -o al menos así lo creemos-. Sin embargo, no sabemos la dimensión de lo que esta elección significa hasta que han pasado varios episodios.

Algo así les sucedió a esta pareja. Ella, de apenas 16 años, con 9 hermanos que atender y una diminuta cintura, conoció a él, un joven provinciano a punto de graduarse como ingeniero textil, con apenas unos cuantos pesos en la bolsa, pero eso si muy galán con su bigote a lo Pedro Infante. Seguramente -no tengo la información exacta- se vieron por primera vez en aquella vecindad de la calle de Bolívar, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, donde ella vivía con sus padres. Seguramente también, él le sonrió y ella le correspondió. Y es posible que a esto le siguieran los piropos, las invitaciones a salir, los “no puedo porque mis hermanos se enojan”, y alguno que otro diminuto regalo -recordemos que él no tenía mucho dinero y ella, en un cuarto tan pequeño como en el que vivía, no tenía muchas posibilidades de ocultar los presentes-.

El primer síntoma de que esta historia de miradas, caricias clandestinas y besos a escondidas continuaría fue precisamente cuando ella tuvo los primeros síntomas de un embarazo. Ese fue el primer gran giro de esta vida compartida.

Y cual chamacos en una feria popular, este par se trepó a uno de los juegos más peligrosos, el de la vida; y juntos, tomando con una mano al otro y con la otra asiéndose de donde podían, apretaron los ojos y se dejaron llevar.

Seguramente no sabían qué hacían ahí, hacia dónde iban, cuándo iba a dejar de dar vueltas la rueda “de la fortuna” (?). La única certeza que tenían era la compañía del otro en aquello que no sabían qué era.

Poco a poco estos dos se acostumbraron a la vorágine de cosas que vendrían. Primero la escasez de dinero, el anuncio de otro hijo por venir y la temprana muerte del pequeño. A esto le siguió más escasez de dinero y por supuesto otro hijo. Y como si los hijos fueran un conjuro contra la pobreza, este par se dedicó por casi 17 años a tener hijos y a trabajar codo a codo, casi sin descanso.

Luego de casi 25 años juntos su apuesta fue ganada. El saldo indicaba 7 hijos, una mejor situación económica, una casa en plena construcción -ya no más rentas de cuartos en vecindades-, y unos muchos sinsabores; que a decir verdad, era lo que más le había dado sabor al caldo.


Tentaciones de abandonar esta historia de dos, hubo muchas. Fastidios, enojos, rabietas, insultos, platos rotos -como diría el Sabina-, hubo más. Pero también hubo solidaridad, compañía, atenciones, respeto por el esfuerzo del otro, reconocimiento al trabajo ajeno, cariño, ternura, uno que otro beso en los aniversarios y, seguramente en la intimidad muchas veces fue expresada la palabra “gracias”.

Los hijos crecieron y la historia se fue asentando. La gran cosecha comenzó cuando vieron a sus hijos convertirse en médico, contador, financiero, enfermera e internacionalista, sociólogo, comunicóloga y a su xocoyotl (el hijo o hija más pequeño en Náhuatl) terminar la carrera de periodismo.

Necesitaron mucho tiempo para ver esto. Desafortunadamente esta cosecha tardó lo suficiente como para que llegara también la vejez y con ella los achaques y enfermedades que poco a poco han ido minando su calidad de vida. Aun con todo eso, ella cada día se levanta temprano para prepararle un café a él antes de que se vaya al campo a ver la siembra o a hacer la fila para cobrar su pensión.

50 años después siguen discutiendo sobre los hábitos de sueño del otro; sobre qué ropa debe usar él en determinadas ocasiones; acerca de la manera de discutir de ella; sobre las obligaciones y responsabilidades del otro, y mil tonterías más. Es cierto que tal vez ya no hay fervores, pero sí una tremenda necesidad del otro.

En estos días mis padres cumplen 50 marzos de vida en común. Algunos le llaman Bodas de Oro, yo prefiero llamarle una vida a cuatro manos.

Mi gran tesoro